Me dan asco los besos de lengua.
Sé que parezco más grande pero es por la altura. Recién tengo ocho y Cristina tiene trece y las tetas grandes como mamá.
— Si no son con lengua, no juego más… —me dice Cristina como si fuera de verdad la reina a la que estamos jugando. Siempre me elige a mí para ser su príncipe. A ella le gustan altos y a mí me gusta jugar con ella. Somos los monarcas de un reino sin amueblar que los padres de Cristina tienen al fondo de su casa. Su hermana Mónica hace de criada. Responde servil al tintín de la cuchara con la copa y nos trae galletitas empapadas con leche a modo de banquete. Se ofrece atenta a lo que solicitamos y desaparece cuando Cristina, con un chasquido de dedos dispone las escenas íntimas de la realeza.
— Así está bueno, mirá… — digo haber si la convenzo. Le ofrezco la boca en una O casi U con labios bien secos, y retraigo la lengua como pronunciando. Cristina, que ya es reina, cierra los ojos y se devora la ofrenda. Con su O casi A y se abre paso con la lengua llena de saliva.
Es su A contra mi U, su boca abierta contra mi puchero. Y estoy cambiando dientes. Algunos tengo, otros no y ella hace el recuento. Tantea la encías y recorre los incisivos. Hace un alto en huecos de premolares caídos y toma por asalto el paladar. Y ahí, con una única saliva que desborda, cedo la lengua sin mayor resistencia.
Reprimo las arcadas porque no quiero que Cristina se enoje. Quiero que siga jugando conmigo y que me siga eligiendo. Es un sacrificio que tengo que hacer. Dejarla que me chupe la lengua mientras la criada, su hermana Mónica, se acaricia la entrepierna.
A®F – 2020
No hay comentarios.:
Publicar un comentario